El maratón

Dicen que donde más se aprende sobre quién eres es en los momentos verdaderamente difíciles. Estos momentos llegan de una forma u otra a tu vida, unas veces los eliges tu, y otras no. En este caso, lo elegí yo.

Empecé a afrontar este reto con tres meses y medio de antelación, lo que muchos asegurarían una auténtica locura teniendo en cuenta mi experiencia. Poco a poco fui aprendiendo, y fui entendiendo que estaba de cara ante una de las mejores lecciones que me he llevado en mi vida. Yo pensaba que lo duro era la carrera en sí, sin embargo cuando un domingo cualquiera tienes que madrugar para correr 30 kilómetros, ese pensamiento cambia. Entonces entiendes que todas las cosas que merecen la pena conllevan sacrificios y mucho trabajo.

Entrenaba entre 7 y 9 veces a la semana con trabajo de gimnasio y carrera, mientras estudiaba y tenía un pequeño trabajo. Mis días eran repetitivos, pero llenos de progreso. Independientemente de las condiciones, tienes que salir, estés cansado o te duela la cabeza, tienes un objetivo en mente. Tenía ligeros dolores en la rodilla, que poco a poco fueron empeorando. Tu cabeza empieza a mandarte avisos, y tu cuerpo te da señales de que deberías de parar, que no tiene sentido seguir. Pero tu objetivo sigue ahí.

Pasaron los tres meses y medio, y llegó el día para el que tanto había entrenado. Y descubrí que este tipo de carreras supone una analogía casi exacta de la vida. Empiezas rodeado de gente, todos con el ánimo por las nubes, todo es alegre. No hay signos algunos de fatiga, como cuando eres niño.

A mitad de la carrera, las aglomeraciones se dispersan, cada uno va a su ritmo, unos delante y otros más atrás. Intentas que no te adelanten muchos pese a ir objetivamente más despacio que ellos, porque te toca el ego. Pero sabes que si corres por encima de tus posibilidades, probablemente sea peor. Quizás es buena idea ir a tu propio ritmo, si de todas formas la meta es la misma para todos. Recibes menos apoyo en esta etapa, es solitaria, no es fácil, pero tiene un sentido seguir.

Cuando te acercas a la meta, después de haber procesado todos tus pensamientos negativos durante más de 20 kilómetros, de repente todo el mundo vuelve a animarte. Cuando cruzas la meta es una sensación doblemente positiva. Has corrido una maratón, pero más importante, le has ganado a tu mayor enemigo, tú mismo. No tiene que ser una maratón lo que te enseñe esto, pero es un aprendizaje que no se lleva uno yendo a lo seguro, viene de locuras como preparar una carrera así en tres meses y medio. Ese día, entendí que los límites de uno mismo no vienen dados por sus condiciones físicas o sociales, sino mentales. Todo lo que esté en tu cabeza se puede conseguir.

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